La misma influye en la prevención desde edades tempranas de enfermedades respiratorias o inflamatorias y metabólicas.
En los primeros años de vida, múltiples factores intervienen en la salud a corto y largo plazo de un niño. Uno de los más relevantes y sobre el que cada vez existe mayor evidencia científica, es el rol de la microbiota, el conjunto de microorganismos que habita el cuerpo humano y que influye desde la concepción en adelante en el desarrollo del sistema inmune, digestivo y neurológico.
Este complejo ecosistema microbiano se encuentra en constante comunicación: las bacterias intestinales, al ser nutridas con una alimentación variada (rica en alimentos frescos, frutas, verduras, cereales integrales y alimentos fermentados como yogur -clave por su proceso de fermentación y más aún en aquellas opciones que incluyen probióticos-), envían señales bioquímicas positivas a otras zonas del cuerpo, como el tracto reproductor femenino. Esta conexión ayuda a reducir la inflamación y la oxidación celular, procesos que pueden interferir en la fertilidad.
El momento del parto representa una instancia fundamental para la conformación de la microbiota infantil. Durante un parto vaginal, el bebé entra en contacto con la microbiota materna del canal de parto, compuesta predominantemente por bacterias del género Lactobacillus. Estas bacterias benéficas, presentes en mujeres en edad reproductiva, colonizan el intestino del recién nacido y lo preparan para recibir la leche materna, que constituye la fuente prioritaria de microorganismos y nutrientes esenciales para el desarrollo de una microbiota equilibrada.
Una microbiota saludable se asocia con menor riesgo de cólicos, alergias, obesidad, diabetes e inclusive algunas condiciones del neurodesarrollo. Algunos factores que se favorecen su desarrollo son:
- Nacimiento a término.
- Parto vaginal.
- Inicio de la lactancia materna en la primera hora luego del parto, la ‘hora sagrada’.
- Lactancia exclusiva durante los primeros seis meses y continuada hasta los dos años o más.
- Alimentación complementaria variada y rica en alimentos integrales y fermentados.
- Evitar, en lo posible, el uso de antibióticos y antiácidos durante los dos primeros años.
De ninguna manera hay que hacer sentir mal a la mamá que tuvo que atravesar una cesárea por razones médicas o por elección, tampoco si eligió o necesitó recurrir a una lactancia mixta o si su bebé recibió antibióticos. La alimentación complementaria da enormes oportunidades para mejorar esa microbiota, una oportunidad cada día.
Aunque lo ideal es promover el parto vaginal y la lactancia materna exclusiva, existen alternativas científicamente respaldadas para aquellas familias que no pueden o no desean seguir ese camino. En estos casos, los bióticos -una categoría que incluye probióticos, prebióticos, postbióticos y sinbióticos- se presentan como aliados valiosos. Estos compuestos están disponibles en algunas fórmulas infantiles, en leches modificadas, en suplementos dietarios y en algunos yogures, y pueden colaborar en la modulación de la microbiota del lactante.
La ciencia avanza y con ella, las posibilidades de intervenir positivamente sobre la salud desde los primeros momentos de vida. Aunque es crítica la etapa de los primeros 1.000 días -desde la concepción hasta los dos años-, nunca se cierra por completo la ventana de oportunidad para mejorar la microbiota y fortalecer el desarrollo infantil.







































