Escenas jamás vistas. Aviones secuestrados y estrellados contra edificios. Fueron cuatro aviones contra el World Trade Center en Nueva York, un campo en Shanksville, Pensilvania y el edificio del Pentágono, en Washington, en ataques coordinados por el grupo extremista islámico al Qaeda.
2.977 personas murieron ese día y, ni la seguridad, ni Nueva York, ni el mundo, volvieron a ser lo mismo. En la mañana del 11 de septiembre de 2001, decenas de personas iban a trabajar o estaban en sus tareas.
Al estrellarse contra los edificios del World Trade Center de Nueva York el primer avión, las víctimas en los pisos superiores comenzaron a saltar, perdiendo la vida al caer hasta desde 417 metros de altura.
La escena de personas que saltan de los edificios atacados por aviones es uno de los aspectos más oscuros y sensibles de la tragedia, de la que se cumplen 24 años este jueves.
El vuelo 11 de American Airlines (AA11) despega desde el Aeropuerto Internacional Logan de Boston rumbo a Los Ángeles con la capacidad máxima de tripulación, es decir, el piloto y copiloto más nueve aeromozos.
Entre los 81 pasajeros viajan cinco atacantes, uno de los cuales es el líder táctico de los atentados, el egipcio Mohamed Atta. Sin embargo, la idea se había gestado 5 años antes, cuando al Qaeda desde su sede en Afganistán estaba en búsqueda de ideas para atacar a EE.UU.
El paquistaní Khalid Sheikh Mohammed planteó la idea de formar pilotos para secuestrar aviones y usarlos como armas, estrellándolos contra edificios de importancia real y simbólica.
La aprobación del plan llegó del mismísimo líder de al Qaeda, un multimillonario saudita que recién empezaba a aparecer en el radar de las agencias de inteligencia estadounidenses, pero que luego se convertiría en el hombre más buscado del mundo: Osama Bin Laden.
En otra terminal del mismo aeropuerto de Boston el vuelo 175 de United Airlines (UA175) despega también rumbo a Los Ángeles, con nueve tripulantes y 56 pasajeros. Cinco de ellos son secuestradores.
Al mismo tiempo, en el vuelo AA11 los secuestradores consiguen entrar en la cabina de vuelo y tomar el control del primer avión. El golpe comienza con dos auxiliares de vuelo apuñalados probablemente por los atacantes que viajan en primera clase. A continuación, Atta, el único de los cinco entrenado para pilotar un avión, avanza desde ejecutiva escoltado por otro secuestrador, mientras el quinto apuñala a un pasajero.
La víctima es Daniel Lewin, quien había servido 4 años en el ejército israelí y estaba sentado justo detrás de Atta. Se cree que muere al intentar frenar el secuestro sin saber que detrás suyo tiene a otro atacante.
Tal como sucederá en los otros vuelos, el resto de la tripulación y los pasajeros son obligados a desplazarse al final del avión. En este caso, usan un gas irritante y amenazan con una bomba que, se cree, nunca existió.
Desde ahí la auxiliar de vuelo Betty Ong hace una llamada al centro de reservas de American Airlines alertando sobre el posible secuestro del AA11. Es el turno del vuelo 77 de American Airlines (AA77) , que despega del Aeropuerto Internacional de Washington-Dulles, en Washington D.C., con seis tripulantes y 58 pasajeros, incluyendo a cinco atacantes. El destino también es Los Ángeles.
Esto no es casualidad: los cuatro vuelos secuestrados tienen previsto viajar de costa a costa y, por ende, van con los tanques cargados con hasta 43.000 litros de combustible.
En manos de los secuestradores los aviones se convertirán en misiles pilotados. Atta intenta comunicarse con los pasajeros, pero por error, da la noticia del secuestro al centro de control aéreo de Boston, revelando además que no tomaron uno sino varios aviones.
El controlador aéreo no entiende bien y mientras intenta averiguar qué está pasando llega un segundo mensaje de Atta que no deja lugar a dudas: el AA11 acaba de ser secuestrado.
A esta altura, los atacantes ya han apagado el transpondedor del avión, un dispositivo que ayuda al control aéreo a identificar a cada aeronave y saber su rumbo, velocidad y altitud. Ubicarlo, entonces, pasa a ser un problema.
La noticia de la toma del vuelo empieza a ascender en la cadena de mando de la Administración Federal de Aviación de EE.UU. (FAA), la agencia gubernamental encargada de regular la aviación civil.
Sin embargo, pasa más de media hora antes de que la FAA y las aerolíneas comprendan el verdadero significado de ese “tenemos algunos aviones” pronunciado por Atta.
Por eso, los vuelos en todo el país siguen cumpliendo con sus rutinas sin recibir advertencia alguna. Entre ellos está el cuarto y último avión que fue secuestrado ese día.
El vuelo 93 de United Airlines (UA93) despega del Aeropuerto Internacional de Newark, en Nueva Jersey, rumbo a San Francisco. Debe salir a las 8:00 am, pero se atrasa por la cantidad de tráfico que suele haber en las mañanas.
Este cambio aparentemente trivial termina siendo determinante en el fracaso de los atacantes. Pero otro detalle pudo haber sido clave también. El vuelo parte con siete miembros de la tripulación y 37 pasajeros, entre los cuales hay cuatro secuestradores, no cinco como en los otros tres aviones.
Mientras el UA93 levanta vuelo, ocurre la toma del segundo avión, el UA175 . A media hora de haber sido secuestrado, el AA11 atraviesa el cielo despejado de Nueva York.
Y no solo está despejado de nubes, sino también de aviones: los controladores aéreos creen que el vuelo se dirige al Aeropuerto Internacional John F. Kennedy y están pidiendo al resto de los pilotos que se muevan del camino.
Pese a los riesgos, la auxiliar de vuelo Madeline Sweeney lleva unos 15 minutos informando cada hecho a American Airlines desde un teléfono en la cola del avión. Entonces el AA11 empieza a descender, pero no es donde se espera.
«Algo está mal. Estamos en un rápido descenso… vamos erráticamente”, dice. Entonces su interlocutor le pregunta si puede mirar por la ventana y descifrar dónde están. Sweeney lo hace y describe lo que serán sus instantes finales.
“Estamos volando bajo. Estamos volando muy, muy bajo. Estamos volando demasiado bajo. ¡Dios mío, estamos demasiado abajo!” El AA11 se estrella contra la Torre Norte, una de las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC), esos rascacielos de 110 pisos que llevan tres décadas protagonizando el paisaje neoyorquino.
Al estrellarse, el avión atraviesa los pisos 93 al 99, matando a cientos. Se cree que también deja inaccesibles todas las escaleras desde el piso 92 hacia arriba, es decir que otros cientos de personas quedan vivas pero atrapadas.
El choque también hace que el combustible del avión genere una bola de fuego que destruye al menos un grupo de ascensores y hace estallar pisos inferiores, incluyendo el vestíbulo de West Street y el nivel B4, cuatro pisos bajo tierra.
En algunos lugares las temperaturas alcanzan los 1.000ºC y un humo negro y espeso envuelve los pisos superiores no solo de la Torre Norte, sino también de la Sur.
Allí la megafonía da la orden de no evacuar, pero el jefe de Labetti en Aon Corporation, Ron Fazio, les indica a todos que abandonen el edificio de inmediato usando las escaleras. Esa decisión salvará a decenas de personas.
La causa de muerte de todos los que perdieron la vida en la caída de las Torres Gemelas, atacadas ese día por al Qaeda, fue catalogada como «asesinato» en los certificados de defunción.
En un informe de 2002, el diario USA Today calculó a través de fotos, videos y entrevistas que 200 personas murieron de esta manera en la tragedia del 11 de septiembre. A partir de las fotos, The New York Times estimó que fueron 50 personas.
Según los relatos de los sobrevivientes, el hecho de que la gente saltara desde el edificio de al lado pudo haber salvado la vida de cientos de personas que, al verlos, se apresuraron a evacuar su lugar de trabajo.
































































