A través de una mirada cargada de recuerdos, sensibilidad y autocrítica social, Rodrigo Blas compartió por su cuenta de X, una profunda reflexión sobre el consumo, la frustración y la importancia de aprender a esperar, tomando como punto de partida una escena común para varias generaciones de uruguayos: los zapatos de fútbol “Parabiagos”.
En su columna titulada “Aprender a esperar”, Blas rememora una infancia marcada por el fútbol de barrio, los partidos interminables y los sueños de tener los codiciados Adidas o Puma con tapones intercambiables, modelos que para muchos niños representaban mucho más que un simple calzado. Eran ilusión, pertenencia y deseo.
Sin embargo, cada cumpleaños o Navidad terminaba trayendo una realidad distinta: los tradicionales Parabiagos negros de goma fabricados por Funsa. Lejos del sueño infantil, aquellos zapatos duros y pesados generaban frustración y enojo en quienes no lograban comprender por qué no podían acceder a lo que deseaban.
Con el paso de los años, esa mirada cambió. Blas reconoce que sus padres no actuaban por falta de cariño ni voluntad, sino desde la responsabilidad de priorizar lo verdaderamente importante en el hogar. Aquello que de niño parecía injusticia, terminó convirtiéndose en una enseñanza de vida.
La reflexión avanza luego hacia una crítica al modelo actual de consumo inmediato. Según plantea, hoy predomina una cultura del “todo ya”, sostenida por el crédito fácil, las cuotas y la necesidad permanente de acceder a bienes muchas veces por encima de las posibilidades reales.
Blas advierte que la sociedad enseña contenidos complejos desde edades tempranas, pero deja de lado algo esencial: la educación financiera. Entender cómo funciona un crédito, qué implica endeudarse, cómo administrar ingresos o valorar el ahorro son, para él, herramientas fundamentales que deberían enseñarse desde la escuela.
El dirigente sostiene que la falta de estas enseñanzas genera frustración, endeudamiento y desgaste emocional en trabajadores, jóvenes y jubilados, atrapados en una lógica de consumo constante donde “la satisfacción es inmediata, pero la consecuencia es prolongada”.
Finalmente, la reflexión concluye con una idea central: aprender a aceptar límites no significa resignarse, sino construir libertad verdadera. “Los Parabiagos no eran lo que yo quería. Pero eran lo que había. Y, sobre todo, eran lo que se podía”, expresa Blas, sintetizando una enseñanza que, según sostiene, hoy resulta más necesaria que nunca.
























































